Diré con una épica sordina:
la Patria es impecable y diamantina.
Suave Patria: permite que te envuelva
en la más honda música de selva
con que me modelaste por entero
al golpe cadencioso de las hachas,
entre risas y gritos de muchachas
y pájaros de oficio carpintero.
(...)
Patria: tu superficie es el maíz,
tus minas el palacio del Rey de Oros,
y tu cielo, las garzas en desliz
y el relámpago verde de los loros.
(...)
Patria, te doy de tu dicha la clave:
sé siempre igual, fiel a tu espejo diario;
cincuenta veces es igual el ave
taladrada en el hilo del rosario,
y es más feliz que tú, Patria suave.
Tanto como me gusta, y me conmueve, la Suave Patria de López Velarde es como tantas cosas que por más que se abrazan se desvanecen y finalmente se escapan, quizá -y cruelmente- porque nunca existieron. Hoy, en el día de la mentira inicial (que empezó celebrando el cumpleaños de Porfirio) recurrimos a la nacional inclinación al exceso y al abandono festivo para festejar el inicio del movimiento de independencia. Lo que no se sabe, más allá de gritos, sombrerazos y cornetazos impositivos, es cuando terminará ese trance.
¿De qué somos hoy, independientes?
No amo mi Patria. Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal) daría la vida
por diez lugares suyos, cierta gente,
puertos, bosques de pinos, fortalezas,
una ciudad deshecha, gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
(y tres o cuatro ríos).
Alta traición, José Emilio Pacheco
martes, 15 de septiembre de 2009
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